Título: La «herejía» del materialismo histórico
Subtítulo: Acabemos con el dogmatismo antimarxista
Autor/a: Edgar Emilio Rodríguez
Fecha: 1966
Frecuentemente —estaría por decir siempre— los medios anarquistas se
rebelan ante cualquier intento de interpretar el fenómeno social desde
un punto de vista marxista. El marxismo se ha convertido para los
libertarios en una especie de horrible “coco”, en un pecado mortal digno
de la más implacable excomunión.
En la práctica, sin embargo, las organizaciones sindicalistas
revolucionarias han operado y operan, en mayor o menor grado, aceptando
inconscientemente la interpretación marxista de la sociedad. La lucha de
clases, la importancia fundamental del factor económico, la función
revolucionaria del proletariado, la necesidad de modificar radicalmente
la propiedad de los medios de producción, todo ello revela una
asimilación de las tesis de Marx. ¿Por qué, entonces, indignarse contra
una teoría social y económica que se comparte y utiliza? ¿Por qué
pretender que todo el marxismo es patrimonio y coto exclusivo de un
partido y una estrategia determinada?
Hay, quizás, algo peor que el dogmatismo marxista: el dogmatismo
antimarxista, tan monolítico, inflexible y sectario como aquél. El
anarquismo, concepción anti dogmática por definición, debería rechazar
de plano cualquier fanatismo, aceptando los aportes positivos de la
sociología, independientemente de toda posición sectaria.
Considerar el materialismo histórico como sinónimo de abyección mental,
oponer a Marx la filosofía de la libertad absoluta (una libertad en
abstracto, una libertad con mayúsculas, que no significa nada),
declararse bakuninista y lanzar anatemas contra Marx bajo pretexto de
autoritario, supone un anacronismo, una ingenuidad y una prueba de
rigidez ideológica.
Lo curioso del caso es que, en la práctica, la aceptación del
sindicalismo como sistema de lucha revolucionaria, el reconocimiento de
la existencia del proletariado como fuerza motriz de la transformación
social, son tesis de neto carácter marxista. Más aún, la propia
existencia de la CNT —con su implacable lucha revolucionaria a lo largo
de tantos años— es una demostración palpable de que se interpreta la
revolución desde un punto de vista marxista; la prueba es que esa
implacable lucha revolucionaria ha sido fundamentalmente un combate
cuyas motivaciones eran ante todo económicas: no sólo las motivaciones
inmediatas, sino las más lejanas.
Dedicar tiempo, en 1966, a derramar lágrimas de indignación entre el
antagonismo del siglo pasado entre Marx y Bakunin, podrá ser tarea grata
para los historiadores, los eruditos y los ratones de biblioteca. Para
una organización que propugna la transformación social supone un
romanticismo inútil, decadente y negativo. Aprovechemos lo bueno de Marx
y de Bakunin, sin convertir al primero en ogro y al segundo en un
ángel.
Evidentemente, sería ridículo y absurdo el marxismo en bloque, a la
manera de fiel que acata unos mandamientos. Dejemos que sean otros los
que levanten altares y quemen incienso. Se trata, simplemente, de
valorar las aportaciones de una teoría social que, pese a haberse
demostrado falsa en algunas conclusiones e hipótesis —quede la
infalibilidad para los pontífices— constituye un sólido bagaje para la
revolución.
Dígase lo que se quiera, la afirmación fundamental del marxismo sigue en
pie: la economía (en su sentido más amplio, es decir, la estructura
económica de la sociedad) es el sustrátum sobre el cual se erige toda la
superestructura exterior. Pretender cambiar ésta sin modificar el
sustrátum, supone limitarse a una reforma sin ningún contenido vital.
Derribar un gobierno, conservando al mismo tiempo la estructura
económica que le permitió existir, equivale a un cambio anecdótico sin
raíces. La revolución, pues, consiste fundamentalmente en modificar la
propiedad de los medios de producción, modificación indispensable para
poder crear una nueva superestructura.
El materialismo histórico no es, como equivocadamente se ha venido
creyendo o pareciendo creer en los medios anarquistas, “propiedad
privada” del partido comunista. Tanto peor para éste si ha caído en el
infantilismo de defender una especie de religión marxista. Y tanto peor
si pronuncia excomuniones en nombre de unos principios sacrosantos. El
marxismo adorado de rodillas, con santos, vírgenes y mártires, es tan
retrógrado como la adoración ciega y bobalicona a Bakunin, a San
Francisco o a Robespierre.
En realidad, generalmente los discípulos superan en rigidez y dogmatismo
a los maestros. El caso de Marx no es el único, y bastaría citar a este
respecto el ejemplo de tantos freudianos, más fanáticos que Freud, y el
de muchos tolstoianos, más intransigentes que Tolstoi. Si bien una
característica fundamental del genio es la “capacidad de exageración”,
ésta sufre con el tiempo una nueva deformación por parte de discípulos,
adoradores y admiradores, sedientos de emular al que les inspiró y de
demostrar incluso mayor pureza y ortodoxia que él.
(...)
Sé que, al leer esto, la mayor parte de compañeros prorrumpirán en
exclamaciones escandalizadas. Hablarán de la fuerza del idealismo, se
emocionaran invocando “el poder del espíritu”, lanzarán anatemas contra
“el vil materialismo”. Pero, tal vez sin darse cuenta, como el personaje
de Molière que hablaba en prosa sin saberlo, seguirán obrando en el
convencimiento —afortunadamente, digo yo— de que sólo la clase obrera y
campesina pueden impulsar una revolución.
Puede haber —y los hay— idealistas que “traicionen” sus intereses de
clase. Hay que felicitarse de ello, y Marx no ignoraba el hecho. Pero
esto no es obstáculo para que, al analizar el fenómeno social, se llegue
a la conclusión de que, en general, el hombre reacciona en su calidad
de individuo perteneciente a una clase. Y, no lo olvidemos, tal
conclusión, de una evidencia indiscutible, es marxismo puro. Aunque no
nos guste. Aunque provoque las protestas de los idealistas que declaman y
se enternecen invocando la “bondad innata”. Aunque indigne a los que se
conmueven ante la pretendida omnipotencia del ideal. Puede haber
idealistas, lo repito —y alegrémonos de que los haya-; pero la sociedad
humana no se mueve por idealismo. Como de costumbre, las excepciones
confirman la regla.
Y entonces, ¿qué? ¿aceptar el marxismo (aclaremos: varias tesis
marxistas) obliga a convertirse en estalinista, o en aspirante a
diputado, o en “chekista”, o en fraile de una iglesia con ritos,
oraciones y decálogos que suponen un dogma de fe? Nada de eso. Aceptar
la aportación del marxismo significa estar en condiciones de analizar
objetivamente —sin prejuicios idealistas ni ilusiones románticas— la
realidad social. Para llegar a la consecuencia de que no se pueden hacer
revoluciones apoyándose en fuerzas motrices que no son tales, ni en
esquemas mentales llenos de buena voluntad pero carentes de realismo.
Bien mirado, en todo esto hay una buena dosis de sentido común. Sentido
común que, por cierto, ha caracterizado en general la actuación de la
CNT en sus largos años de lucha en España. Se negaba el marxismo, se
consideraba el idealismo como un principio “trascendente” y
todopoderoso, se afirmaba que el materialismo era un pecado de lesa
majestad, se sostenía que el factor económico era una motivación
“inferior”... pero, de hecho, se actuaba claramente de una manera
materialista (como así debía ser) basándose en la lucha de clases y en
la realidad económica para avanzar por el camino revolucionario.
Si el anarquismo fuera simplemente una teoría kropotkiniana o si
consistiera solamente en una serie de teorías bakuninistas, aceptar el
marxismo supondría, en efecto, una heterodoxia digna de condena. Pero,
afortunadamente, no es ése el caso. El anarquismo es una síntesis de
teorías y aportaciones que exige, ante todo, una actitud abierta y
crítica: para asimilar todo lo aprovechable, para aceptar las
conclusiones positivas de cualquier pensador, sea cual sea su etiqueta,
sin rechazar sistemáticamente lo que pueda venir de “los herejes”.
¿Anarquismo marxista? Tampoco. La posición crítica a la que aludía antes
significa el rechazo de todo dogma monolítico: tan absurdo (y tan
antilibertario) es postrarse ante Marx como condenarlo tajantemente; tan
necio adorarlo como excomulgarlo.
...Salvo, claro está, que se prefiera seguir aprovechando el pensamiento
marxista al mismo tiempo que se lo niega. Que es, al fin de cuentas, lo
que los anarquistas hemos venido haciendo hasta ahora.